doctora Aspasiadoctora Aspasia


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Al preguntar por mujeres científicas conocidas a lo largo de la historia, la respuesta que se obtiene con mayor frecuencia no suele ir más allá de la mención a Mme. Curie, considerada la científica por excelencia, con sus dos premios Nobel, en Física y en Química. Y sin embargo, son muchas más las figuras destacadas cuyos logros están documentados. Hipatia de Alejandría, Emile de Chatêlet, Sofia Kovalevsky, Sophie Germain o Ada Lovelace, por mencionar algunas, son científicas que fueron reconocidas en su tiempo y después olvidadas, corroborando lo que escribió Dale Spender: que el protagonismo de las mujeres en la ciencia ha de ser redescubierto y reescrito por cada generación.

Tomemos el caso de Hipatia de Alejandría. Cuando llegó a las pantallas de los cines la película de Alejandro Amenábar, Ágora, una superproducción en torno a esta brillante astrónoma y matemática que vivió en el siglo IV de nuestra era, para la mayoría de la población Hipatia era una perfecta desconocida. Su director, Alejandro Amenábar, declaraba en una entrevista: “Todavía me estoy preguntando cómo es que a nadie se le había ocurrido antes hacer una película sobre tan destacada astrónoma y filósofa".

He ahí la cuestión: ¿Por qué Hipatia y tantas otras fueron relegadas del elenco de personajes de la historia? ¿Cómo, por qué, y a través de qué mecanismos funciona la ocultación, la invisibilidad, el dejar en el olvido a ésta y a tantas científicas del pasado?

Fueron mujeres destacadas, han sido estudiadas, pero siguen sin ser incorporadas en los procesos de transmisión del saber. Lo más frecuente es que sus nombres no estén en los manuales, ni en los libros de texto. Pero que lo estén tampoco es sinónimo de visibilidad ya que si solo se menciona el apellido difícilmente puede identificarse a una mujer . Así, la mayoría de los libros de Biología hablan de Morgan-Stevens como los descubridores de la teoría de la determinación cromosómica del sexo, pero no se sabe que detrás de Stevens se esconde una científica estadounidense, Nettie Marie Stevens, que investigó en el campo de la genética a principios del siglo XX . Tampoco en nuestros estudios de Físicas nadie nos especificó que tras el Teorema de Cauchy-Kovalevsky se hallaba una de las científicas más relevantes del siglo XIX, Sofía Kovalevsky, primera doctora en Matemáticas del mundo (1874), que lo fue por la Universidad de Göttingen, cuyo trabajo en el campo de la Mecánica, “Sobre la rotación de un cuerpo sólido en torno a un punto fijo” mereció el Premio Bordin de la Academia de Ciencias de París, en 1888.

Otras veces, las ocultaciones se derivan de flagrantes injusticias en el reconocimiento de la autoría. Es el caso de Rosalind Franklin, cuyas placas de difracción de rayos X permitieron proponer el modelo de doble hélice del ADN. En 1962, esta modelización proporcionaría a Watson, Crick y Wilkins el Premio Nobel, reconocimiento en el que ella, pese a ser la clave fundamental que posibilitó la teoría, no fue incluida. Sólo cuando Anne Sayre escribió su biografía le hizo justicia, y se pudo conocer la experiencia y aportaciones de esta científica que desarrolló sus trabajos en el King’s College de Londres . Hipatia fue el origen de una genealogía a la que con el paso de los siglos pertenecieron médicas, físicas, matemáticas, astrónomas, químicas, filósofas… Incorporarlas a la corriente principal de la historia, tanto a las figuras sobresalientes como a los grupos anónimos de mujeres que contribuyeron a aumentar el saber, no es sólo una cuestión de justicia. Es la forma de constatar que ellas lanzaron al mundo preguntas diferentes, ampliando y mejorando la ciencia existente.

La química, por ejemplo, siempre fue una ciencia muy cercana a las mujeres. Las mujeres prehistóricas se familiarizaron con el tratamiento del barro y descubrieron la cerámica y la química de los esmaltes; más tarde, ocuparon un lugar importante en la tradición alquímica, hasta el punto de que la obra de los primeros alquimistas era a veces llamada obra de mujeres (opus mulierum). A una de ellas, María la Judía, quien además del conocido ‘baño María’ inventó diversos aparatos para la destilación y la sublimación, se le atribuyen las bases teóricas y prácticas de la alquimia occidental, y por lo tanto de la química moderna. En 1666, Marie Meurdrac publicaba en París un tratado de química, La chymie charitable et facile en faveur des dames, sobre metales, aparatos, técnicas, preparación de medicinas y cosméticos. Y un siglo más tarde, ya bajo los cánones de la química moderna, Marie Lavoisier (1758-1836), junto a su marido Antoine Lavoisier, inauguraría una saga de químicas que alcanza hasta nuestros días.

La química es el ejemplo de ciencia que se benefició de la participación de los dos sexos, ya que ellas, sorteando resistencias y prejuicios, llevaron las preguntas más allá de la química industrial, a la que se dedicaban los varones, investigando la alimentación, los cosméticos, los múltiples aspectos de la vida cotidiana.

También están documentadas las vías de exclusión, las barreras que levantaron ante las mujeres las instituciones y foros científicos para impedir su entrada, así como las estrategias que ellas utilizaron para derribarlas . La institucionalización de la ciencia trajo consigo la necesidad de cumplir los requerimientos que se imponían para el ejercicio de una profesión: había que acceder a la educación superior, obtener los grados correspondientes y participar en los foros científicos donde se debatían trabajos y novedades. Los prejuicios de género derivados de la pertenencia a uno de los dos sexos se interponían ante las mujeres, entre ellos la creencia de que estaban intelectualmente menos dotadas, por lo que no era conveniente que desarrollaran un aprendizaje serio encaminado al desempeño profesional. Sobre esta base se les negaba el acceso a los grados y títulos académicos. Como consecuencia, el número de mujeres preparadas era menor y el argumento circular se cerraba corroborando, ahora con datos, el punto de partida del déficit intelectual. En este proceso, la propia ciencia contribuyó a la exclusión de las mujeres, naturalizando y realimentando los prejuicios sociales que las distintas épocas alimentaron sobre ellas. Sobre todo en la biología y la medicina abundaron las teorías que conceptualizaban sesgadamente la llamada naturaleza de la mujer, situándola más cerca del reino animal que del ámbito de la racionalidad.



Pioneras españolas en la ciencia

En España, el trabajo de recuperación de las científicas comenzó hace más de tres décadas, con gran cantidad de estudios publicados: sobre las aportaciones femeninas a la ciencia en la Edad Media (Montse Cabré), las astrónomas (Eulalia Pérez Sedeño), la entrada de las mujeres a la profesión médica (M. del Carmen Alvarez Ricart, Teresa Ortíz), las primeras españolas en el campo de la genética (Isabel Delgado), las primeras universitarias y doctoras (Consuelo Flecha), las profesoras (C. Flecha y Pilar Ballarín), las primeras psicólogas (Carmen García Colmenares)… Así como trabajos epistemológicos (Marta González, Eulalia Pérez Sedeño), biografías (Antonina Rodrigo) y situación tras la Guerra Civil española (Paloma Alcalá, Maria Jesús Santesmasses, María José Barral, Consuelo Miqueo, Teresa Fernández y tantas otras).

doctora Aspasia Personalmente, me cabe la satisfacción de haber elaborado la primera base de datos sobre las pioneras españolas en las ciencias, con un trabajo que proporcionó un marco teórico, una metodología para identificarlas y contextualizarlas, una delimitación del grupo humano de las pioneras, así como un estudio pormenorizado del grupo de las que trabajaron en uno de los laboratorios más destacados de la España del primer tercio del siglo XX: el Instituto Nacional de Física y Química (INFQ). La investigación cuajó en el libro Pioneras españolas en las ciencias , chispa y origen del proyecto teatral Pioneras, que ha impulsado el Nuevo Teatro Fronterizo.

Me fascinó conocer la existencia de la Residencia de Señoritas, parte femenina de la Residencia de Estudiantes, dirigida por María de Maeztu, intelectual sobresaliente y no suficientemente reconocida en nuestro país; ir descubriendo los lugares a los que viajaron las pioneras con una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE); conocer los lazos de solidaridad que se establecieron entre las norteamericanas de los Colleges de mujeres de la Costa Este de los Estados Unidos y las españolas que tenían deseos de ampliar estudios en el extranjero y formarse como investigadoras. Fruto de esa solidaridad sería la construcción del Laboratorio Foster en la Residencia de Señoritas, el primer laboratorio dedicado en exclusiva a la formación de las jóvenes.

El número de las que trabajaron codo a codo con los varones de su tiempo en los campos científicos se incrementó ostensiblemente durante el periodo republicano, previo a la Guerra Civil, siendo destacable su participación en el Instituto Nacional de Física y Química (INFQ), en donde ellas supusieron un porcentaje promedio anual cercano al 22% del personal investigador. Las investigadoras del INFQ aportaron al desarrollo de las líneas de investigación en marcha la experiencia adquirida en sus estancias en el extranjero; se hicieron cargo, en muchos casos, del montaje de los aparatos, y publicaron un número importante de trabajos. Allí investigaron Dorotea Barnés González, Jenara Vicenta Arnal Yarza, Piedad de la Cierva Viudes, Mª Paz García del Valle, Teresa Toral, Josefa González Aguado, Teresa Salazar, Felisa Martín Bravo…

Por sus expedientes y trayectoria profesional en esos años, podemos afirmar que el grupo de mujeres del INFQ fueron alumnas brillantes e investigadoras fructíferas. Pertenecientes en su mayoría a la clase media ilustrada, ligada a los núcleos republicanos, en ellas se dejó sentir la influencia de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza, a través de su formación en el Instituto Escuela y en el Laboratorio Foster de la Residencia de Señoritas, centros con los que muchas de ellas estuvieron relacionadas.

Además de en física y química, las mujeres fueron entrando en otras ciencias, aunque no puedo en este corto espacio ir más allá de la mención de algunos nombres: mencionar a las primeras doctoras, que lo fueron en medicina, en 1882: Dolores Aleu y Riera y Martina Castells ; a la médica y fundadora de la revista Mujeres libres, Amparo Poch; y a la primera oftalmóloga, Trinidad Arroyo. En biología, mencionar a Margarida Comas Camps y Gimena Fernández de la Vega; en psicología, a Regina Lago; en matemáticas, a la primera doctora española, M. del Carmen Martínez Sancho…

En el primer tercio del siglo XX, las españolas se unieron a la tormentosa y desigual corriente que llevó a europeas y norteamericanas a incorporarse a profesiones y actividades que antes les eran vedadas. Y por este empeño son pioneras. Su importancia no radica en el número, escaso aún si comparamos con el número de varones de ciencias coetáneos, sino en el significado simbólico que adquiere su participación y contribuciones a campos del saber -la física, la química, la biología, la medicina o las matemáticas-, que a partir de entonces quedarían abiertos, como posibilidad, para las mujeres que llegaron más tarde. Desgraciadamente la Guerra Civil española trajo consigo la retirada de estas mujeres de la ciencia, algo que también sucedió a sus colegas varones, aunque la mayoría de éstos continuarían con sus actividades científicas en el exilio. En algunos casos, hay que resaltar cómo su opción por el matrimonio las había retirado de la ciencia previamente.


Carmen Magallón

Catedrática española de Física y Química especializada en la historia de las mujeres en la ciencia,
el análisis epistemológico del quehacer científico y las relaciones entre género, ciencia y cultura de paz.
Cofundadora del Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer (SIEM) de la Universidad de Zaragoza.
Desde el año 2003 es Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz
y desde 2011 Presidenta de WILPF España (Liga internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad).




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