doctora Aspasia


Las Pioneras

    La evolución del deporte femenino es tan potente en la actualidad que muchas veces tenemos la sensación de que años atras no existía. Y no es así. Las deportistas llegaron a tener a principios del siglo XX una fuerte proyección social en nuestro país, por lo que es de justicia recuperar al menos la memoria histórica de todas aquellas que dejaron de ser figuras pasivas para convertirse en auténticas pioneras.

   A principios del siglo XX, el deporte se convirtió en un espacio público a conquistar. Entre finales del siglo XIX y la Guerra Civil, nuestras abuelas practicaron el atletismo, baloncesto, balonmano, boxeo, ciclismo, esgrima, esquí, fútbol, gimnasia, hípica, hockey, deportes vascos, remo, polo, tenis, tiro, grecorromana, motociclismo, natación, patinaje, piragüismo, vela, waterpolo, tenis de mesa o montañismo. Además compaginaron disciplinas tan distintas como el tenis y el esquí, o el atletismo y el hockey, lo que demuestra su gran espíritu deportivo.

   En los años veinte surgió una valiente generación de mujeres modernas e ilustradas, de aspecto esbelto, nuevos peinados y ropa confortable. Muchas se desprendieron del sombrero, dando a entender con este gesto que su papel en la sociedad tenía que ser igualitario.

    Esta misma conducta, extrapolada al campo deportivo, la llevaron a cabo las hermanas Moles —Lucinda y Margot— junto a Aurora Villa que, buscando mejorar sus marcas, sustituyeron las molestas blusas de manga larga por confortables camisetas de tirantes. Y abandonaron la falda para calzar un pantalón largo que después acabarían recortando. Este cambio drástico en la indumentaria no pasó desapercibido en Portugal, cuando compitieron con sus pantalones cortos y sus ajustadas camisetas frente a unas deportistas que vestían incómodas faldas largas. Fue tan evidente que en apenas dos años su conducta fue imitada en la mayoría de las disciplinas deportivas, lo que aumentó el nivel de juego en las mismas y multiplicó la visibilidad de las deportistas en la prensa de la época.

   Una de las causas del tardío despegue de la mujer en el deporte se heredó de la época anterior a los años veinte, que planteaba obstáculos casi insalvables para la clase social más humilde. Por un lado debido a su extensa jornada laboral, pero también a la falta de instalaciones y recursos respecto a las clases acomodadas. Además, la mujer se enfrentaba al problema añadido del rechazo social, especialmente en aquellas disciplinas que implicaran fuerza y corpulencia, donde la contemplación pública las convertía en un espectáculo añadido.

   En los años 20 y 30, hasta el inicio de la Guerra Civil, la creación de clubes popularizaron el deporte entre las mujeres de clase media. Y todos sus eventos llenaron las instalaciones hasta el extremo de registrar con frecuencia más de 3000 espectadores durante los partidos de hockey, «deporte rey» entre las mujeres de la época. En los años previos a la Guerra Civil, aparecieron informaciones en prensa sobre deporte femenino hasta 250 veces en un año, lo que significa que prácticamente todos los días eran noticia. Y se dedicaron numerosas portadas a las deportistas en los principales diarios deportivos de su tiempo, como el AS o el Marca. Cosa infrecuente hoy día.

FUENTE: Iria Grandal. SPORT LIFE





Irene González

   Algunas crónicas de la epoca nos hablan de que Irene González era alta, de buena complexión, ágil, segura en los balones aéreos y decidida en las salidas. Asi que no tardó mucho en granjearse el lamentable apelativo de «marimacho». Para jugar al futbol en los años 20 debías vestir de futbolista. Y todos los futbolistas eran hombres, así que Irene González tuvo por fuerza que ser audaz, no sólo para lucir una indumentaria alejada de los ropajes que llevaban las mujeres en la España de aquelllos años, sino para actuar en público de una forma distinta. Parece oportuno recordar lo inaudito que era encontrarse a una mujer en los campos de fútbol. Y vestida de guardameta...

   Analizando las pocas referencias que han quedado sobre Irene podemos deducir también que era una mujer que no se dejaba intimidar. Que tenía la costumbre de dar instrucciones a sus compañeros mientras jugaba, que no dudaba en salir de la portería a recuperar el balón y que colocaba su defensa de forma enérgica cuando lo consideraba necesario.

   Por desgracia hay un enorme vacío documental sobre los partidos que disputó. Ni siquiera se conservan los resultados. Sólo sabemos que los estadios se llenaban para verla jugar, tal era su habilidad como futbolista en un mundo de hombres. Pero la única foto que existe de ella es la que puedes ver en estas líneas.

   Uno de sus fervientes admiradores, que llegó a ser tiempo después portero del Deportivo de La Coruña, todavía recuerda que cuando disputó sus primeros partidos, la propia Irene se colocaba detrás de su portería para corregirle su posición.

   En un alarde de reivindicación personal y liderazgo femenino, Irene González fue más allá de jugar entre hombres, llegó a formar su propio equipo: el Irene Fútbol Club. Un equipo que compitió en la liga de la Federación Española de Fútbol. Un equipo del que era la presidenta del club y la guardameta, esfuerzo que le permitió llevar dinero a la casa de su padre, ese mismo padre que años atrás intentaba sacarla de los estadios arrastrándola de los pelos.

   Pero no fue su padre quien apartó a Irene del terreno de juego sino una terrible enfermedad: la tuberculosis. Entonces no se ganaba mucho con el fútbol, así que los ahorros fueron insuficientes para sobrellevar su enfermedad, por esta razón y con el propósito de recaudar fondos se organizó un partido benéfico alentado por La Voz de Galicia, que publicó un artículo titulado «Hay que socorrer a Irene».

   Cuentan las crónicas que tuvo que empeñar hasta la ropa para pagar las medicinas que necesitó. Pudo costear sus remedios, arreglar el jergón de su cama, pagar los alquileres que debia y comprarse un colchon nuevo, donde finalmente murió. Fue en su humilde casa de La Coruña en el año 1928. Pero el fascinante ejemplo de Irene, que se atrevió a hacer lo que nadie imaginaba y en tiempos tan esquivos, no caerá en el olvido.




La natación

   La práctica de la natación entre las mujeres gozó de una progresión imparable y surgieron figuras por todo el país. Ayudaron y mucho los primeros campeonatos de España, celebrados en 1924, que sirvieron para enfrentar los eternos debates regionales. María Luisa Méndez se encargó de conseguir los dos primeros títulos; después la siguieron Lucrecia Muñoz, Luisa Vigo, Mercedes Bassols, Carmen Soriano, su hermana Enriqueta y Marta González; así como Mercedes Homdedeu, en salto de trampolín.

   Fruto de la sana competitividad, surgieron pruebas de carácter nacional donde participaron las sirenas más destacadas, como la valenciana Isolda Mateca, las asturianas Ángeles Buznego y Anita Bruey, la mallorquina Carmen Guardia, la gallega Olimpia García, las andaluzas Magdalena Recaséns y Margot de la Matta o las aragonesas Julia Losilla y Alicia Bernard. En Madrid y Barcelona, el número de practicantes llegó a superar la centena, destacando Aurora Villa, Carmen Papworth o María Aumacellas entre las primeras. Y Josefina Torrents, Mary Bernet, Ivonne Lepage o Montse Ros entre las segundas.

   Como en tantas otras modalidades femeninas, la natación sufrió un retroceso tras la Guerra Civil. Aún se disputaron algunos campeonatos, pero la mala organización —campeonatos paralelos de la Sección Femenina y la Delegación Nacional de Deportes—, la falta de competiciones internacionales —economía empobrecida al máximo— y las restricciones sociales de la Iglesia —vestuario, horarios, separación por sexos—, tuvieron como consecuencia un deterioro del ámbito deportivo y del orden social. De hecho buena parte de las nadadoras abandonaron la competición para ocupar el viejo rol de sus madres: el cuidado del hogar.




Aurora Villa

    «A.Villa: Oculista». Así rezaba un cartel colgado en 1947 en la puerta de una consulta en Pontevedra. Cuando los enfermos cruzaban el umbral, se encontraban con una sorpresa. Tras esa enigmática «A» se escondía una de las primeras mujeres oftalmólogas de España, la única especialista además en el tratamiento del estrabismo por aquella época.

   Aurora Villa, fallecida en Madrid a los 83 años, tuvo una vida intensa para lo que permitía la sociedad a una mujer en aquellos años. Cuando el deporte femenino se consideraba un exotismo, Aurora practicó la natación, lanzó la jabalina y el martillo, fue corredora de fondo, esquiadora y excursionista.

   Cinéfila, bibliófila, conductora y profesora de gimnasia, su carácter la llevó a conseguir en la vida todo lo que se proponía, rompiendo barreras que hasta entonces parecían insalvables.

   Nació en Madrid, en el seno de una familia de músicos, considerándose siempre «ciudadana del mundo». A pesar de los consejos de sus padres, que la animaban a ser maestra, quiso estudiar Medicina. Se formó en el Instituto Escuela y empezó a ganarse la vida como profesora de Educación Física, especialidad insólita para una mujer de su tiempo, pero que iba a permitirle ahorrar para sus estudios de Medicina. Su espíritu aventurero hizo que no se echara atrás frente a las clases de disección: «Antes de entrar en la sala miré por la cerradura. Fue una impresión tan desagradable que tuve que dominarme. ¿No lo habían hecho ya otras mujeres? Probé mi voluntad y quedé satisfecha».

    Casi a la par que la Medicina nace su otra gran vocación: el deporte. Medio siglo antes del boom del deporte femenino, Aurora Villa participó en los segundos campeonatos de España de atletismo en 1934: compitió en 8 pruebas y ganó 3 (jabalina, altura y 600 metros). Practicó baloncesto, patinaje, esquí y montañismo, y ganó la travesía a nado de la Laguna de Peñalara. Fue esa afición a la natación lo que hizo de ella una de las fundadoras del Canoe.

   Un repaso al incipiente periodismo deportivo de los años 30 da idea del exotismo con el que se consideraba el deporte femenino de entonces: «A Aurora Villa, que patina, nada, salta, corre y lanza, le gusta la Medicina, el cine de vanguardia y es defensora del divorcio», rezaba un diario de la época. Por no hablar de los comentarios más machistas: «Se dice que la señorita Aurora Villa ha batido el record de lanzamiento de martillo, y que eso le servirá de mucho en la vida de casada, ya que los platos volarán más lejos en caso de necesidad».

   Nada más terminar la carrera de Medicina, y con el ánimo de ejercer, se trasladó a Marruecos. No había trabajo en España y ella fue la primera mujer que cruzó el Estrecho en plena guerra mundial. Se instaló durante tres años en Azcazalquivir y Tánger, donde creó un centro de alimentación infantil y se ganó el respeto de la población, siendo la única que entraba en sus casas.

   Entonces su marido obtuvo una plaza en Pontevedra y quiso volver a España con él. Allí montó consulta y comenzó a luchar contra el estrabismo. Pero su coraje era incompatible con la vida aburrida a la que estaban condenadas las mujeres y la búsqueda del saber la condujo a Londres para perfeccionar su profesión. Se convirtió en la primera especialista española en el tratamiento del estrabismo y regresó de nuevo trayendo consigo el material óptico necesario, material que tuvo que introducir en España de contrabando por medio de un amigo gibraltareño.

   Su consulta acogió desde entonces a miles de niños que encontraron en las expertas manos de la doctora Villa la solución a sus problemas de vista. «No tantos como me habría gustado. Pero lo que hago yo no es una industria con gente trabajando en cadena, sino algo artesanal, minucioso».

FUENTE: Carmen Serna. EL MUNDO




Carmen Soriano

    Desde Carmen Soriano, ha costado un siglo ver a una nadadora española siendo portada en los periódicos del país, pero ahora que tenemos la suerte de disfrutar con Mireia Belmonte, en la piscina y la publicidad, imprescindible para una igualdad efectiva, es ahora cuando se necesita reconocer nuestro pasado.

   La natación femenina, hasta el estallido bélico, gozó de una salud envidiable. Entre 1912 y 1936, apenas un cuarto de siglo, se disputaron miles de campeonatos que dieron lugar a decenas de récords. Tan importante era el nivel de nuestras nadadoras que permitió formar una selección nacional para disputar varias competiciones en el extranjero, incluido el campeonato de Europa de 1934. Ellas fueron las primeras internacionales y las agencias de publicidad lo sabían. Por eso sus fotografías ocuparon las portadas de la prensa y buena parte de los anuncios comerciales. Detrás de cada una de estas mujeres había un séquito de fans, que seguían su trayectoria deportiva y les pedían fotos, autógrafos e incluso prendas.

   El ejemplo más claro es el de Carmen Soriano, la nadadora más codiciada por los reporteros. Además de ganar todas las pruebas y batir todos los récords de los años 30, gozaba de una sonrisa muy fotogénica. Era joven y esbelta, y tenía unos expresivos ojos claros. Su imagen aparecía sin descanso en los medios de comunicación, lo que provocó que el país entero se enamorara de ella.

   Carmen, que trabajaba vendiendo máquinas de escribir en la tienda de su padre, se convirtió en poco tiempo en la deportista más famosa de España. Antes de acudir a su entrenamiento diario, recibía cada mañana del cartero un paquete de postales con matasellos de todas partes, incluso del extranjero. La campeona las leía sin curiosidad y las abandonaba sobre su mesa:

   «Dicen que son admiradores míos. La mayoría se conforman con una foto, que yo no les envío. Otros son más ambiciosos y me piden amor. ¿Para qué voy a contestar? Esos son los pequeños inconvenientes de la celebridad. Pero cuando abandone el deporte, dentro de unos años, nadie se acordará de mí. Entonces me dedicaré a mi profesión: vender máquinas».

   Esta repercusión social de la mujer, es sólo un ejemplo de aquellos tiempos. Su presencia mediática fue constante gracias al nivel deportivo que muchas adquirieron. No en vano, decenas de españolas consiguieron su clasificación para los Juegos Olímpicos de Berlín, seis de las cuales eran nadadoras. Para obtener dicha repercusión mediática tuvieron que superar obstáculos que no resisten al paso del tiempo.






Deporte y salud

   El agua, como novedoso invento para la salud, comenzó a ser bien vista a finales del XIX. En España se practicó en las zonas costeras. Aunque fue la Ciudad Condal la que más hincapié mostró en el aspecto deportivo. Allí surgieron las primeras entidades acuáticas en 1907, que se encargaron de realizar diversas travesías por el mar. Una década después, con la creación de la piscina climatizada de agua salada en el Club Natación Barcelona, las pruebas y practicantes aumentaron considerablemente.

   Algunas mujeres de la burguesía catalana, a pesar de los comentarios, también comenzaron a sentir la misma pasión por la novedosa disciplina y no dudaron en fundar una entidad para organizar sus primeros campeonatos. En 1912, las hermanas Clementina y Mercedes Ribalta crearon el Fémina Natación Club, la primera entidad deportiva exclusivamente femenina. Durante seis años, en una época donde la mujer vestía largos e incómodos ropajes, las socias del citado club estuvieron a la vanguardia del país con sus bañadores y cuerpos al sol.

   Después, en los años veinte, la afición creció todavía más y el C.N. Barcelona, tras largo debate, permitió la entrada de las mujeres a sus instalaciones. Con horarios exclusivos, la entidad creció en cuanto al número de abonadas, fechándose su primera socia en 1926. Igual sucedió en otras partes del país, especialmente en San Sebastián, con el Club Deportivo Fortuna y en la capital, con la bonita Laguna de Peñalara y las piscinas de Chamartín.


Margot Moles

   Durante los Juegos Olímpicos de Invierno, organizados por la Alemania nazi en 1936, la delegación española mandó un equipo integrado por cuatro esquiadores de fondo y dos esquiadoras alpinas, Ernestina de Herreros y Margot Moles.

   Margot Moles, para quien no la conozca, fue una deportista muy completa que llegó a destacar en cuatro disciplinas distintas: atletismo, hockey, natación y esquí. De envidiable vitalidad y espíritu de superación, Margot fue una de las pioneras más famosas del deporte español en la Segunda República. La llegada del franquismo se encargó de destruir su vida y silenciar una exitosa carrera como deportista.

   Nació el 12 de octubre de 1910 en la localidad de Terrassa en el seno de una familia de la burguesía catalana. Su padre, Juan Moles Ormella, llegó a ser profesor del Instituto Escuela, un centro educativo creado a instancias de la Institución Libre de Enseñanza y pionero en la España de principios del siglo XX. Allí estudiaron Margot y su hermana mayor Lucinda. Juan Moles llegaría poco después a ministro de la Gobernación en la Segunda República.

   Entre las disciplinas educativas que recibieron las Moles en el Instituto Escuela se encontraba la educación física, que atrapó a Margot desde bien pequeña. Que las mujeres practicaran los deportes a nivel profesional era algo prácticamente inexistente en aquellos años pero ella supo pronto que quería dedicar su vida a conseguirlo.

   En 1931 ganó su primer campeonato de atletismo como lanzadora de disco. Es más, al año siguiente repitió el título y se hizo con la especialidad de peso. A pesar de sus buenas marcas no pudo competir como atleta en ninguno de los Juegos Olímpicos que se celebraron en aquellos años.

   Fue el esquí, deporte en el que se especializó, el que le permitió asistir a los Juegos Olímpicos de Invierno de 1936 celebrados en Garmisch-Partenkischen. Había ganado ya unos cuantos torneos femeninos en España, pero su participación en los Juegos fue accidentada y tuvo que retirarse tras una aparatosa caída.

   Durante la década de los 30, antes del estallido de la Guerra Civil, Margot ya destacaba en el hockey, pues había logrado tres campeonatos consecutivos de España capitaneando el Athelic Club de Madrid.

   También popularizó la natación entre las mujeres como socia fundadora del histórico Canoe. Margot fue además profesora de Educación Física del Instituto Escuela donde ella aprendió.

    Su carrera como deportista profesional estaba en lo más álgido cuando la llegada del franquismo acabó truncando sus sueños. En 1942, su marido fue fusilado y su familia marchó al exilio. Ella, con poco más de veinticinco años, pudo ver cómo se evaporaba su leitmotiv - el deporte - tras la imposición de una mentalidad franquista a las mujeres. De hecho, en 1939 se prohibió el atletismo femenino en España.

   Como republicana, Margot se vio relegada al ostracismo social y toda su brillante carrera se vino abajo de golpe. Sus logros deportivos fueron silenciados durante décadas.

   En 1981, ya en tiempos de la democracia, recibió el homenaje del club de atletismo femenino. Falleciendo en Madrid el 19 de agosto de 1987.




Enriqueta Soriano

    Campeona y plusmarquista de natación, fue una de las pioneras del deporte femenino español. Desarrolló su carrera deportiva en el Club Natació Barcelona. Ella y su hermana Carmen, que era la mayor, desde 1930 a 1940 fueron las dos nadadoras más importantes del país. Enriqueta fue campeona de España en 23 ocasiones, contabilizando en su palmarés 26 marcas nacionales. Tras ver interrumpida su carrera por la Guerra Civil, regresó a la piscina para dedicarse al crol y a largas distancias, sin embargo empezó compitiendo a braza.

   En ese estilo consiguió cuatro campeonatos de 200 metros, dos de 400 libres y uno de 100 . En relevos, con el equipo de la Federación Catalana, ganó 9 veces el campeonato nacional de 4x100 libres y tres veces los 3x100 estilos. En aguas abiertas fue campeona de España en 4 ocasiones.

   En braza estableció 8 récords de España de 100 metros, 5 de 200 metros y 7 de 400 metros; en los dos primeros batiendo las marcas de su hermana Carmen. Su último récord de 100 metros braza, fijado en 1.30.5 en 1935, se mantuvo vigente durante 21 años y el de los 200 metros —3.15.6 en 1935— tardó 22 años en ser superado. En estilo libre logró los récords nacionales de 500, 800, 1000 y 1500 metros en tres ocasiones. En relevos logró dos plusmarcas en 4 x 100 libres y cinco en 3 x 100 estilos.

   A su palmarés debemos añadir 18 campeonatos de Cataluña en categoría individual: once de 200 metros braza, uno de 100 metros libres y otro de 400 libres. Ganó en 5 ocasiones la travesía al Puerto de Barcelona, récord de títulos vigente hasta 2006. Y en el mismo escenario ganó la Copa Nadal de 1940.

   Con el equipo nacional hizo ocho internacionales. En 1934 participó en el Europeo de Natación de Magdeburgo. Fue seleccionada para formar parte del equipo olímpico que iba a participar en los Juegos de Berlín en 1936, a los que España no acudió. Y en 1948, a pesar de sus victorias en campeonatos nacionales, no logró las marcas de clasificación para los Juegos Olímpicos de Londres.




Ampliando conocimientos:

MARGOT MOLES
Lo que nos robó la Guerra Civil

NUESTRAS PIONERAS DEL ATLETISMO


Y u n buen libro:

MARGOT MOLES
La gran atleta republicana
de Ignacio Ramos